Cosas maravillosas pasan de vez en cuando.
Hace unas tres semanas mandé el primer capítulo de uno de mis libros a una editorial en Monterrey.
Dije, tal vez no me tomen en cuenta y ni siquiera se dan cuenta de que les he enviado algo.
Pero algo maravilloso pasó, ¡Recibí una respuesta!
Jamás pensé que esto sucediera pero así fue, envié el primer capítulo, con una solicitud para que iniciaran un proyecto con mi material y lo aceptaron.
Me mandaron un e-mail que decía algo parecido a “Su solicitud ha sido aceptada, si nuestra oferta es aceptada le rogamos se comunique al siguiente número…”
En realidad no podía creerlo, pero al fin, tengo ésta propuesta.
Por si fuera poco un amigo, muy mi amigo, me puso en contacto con un escritor de Cd. Valles, de la ciudad de la que vengo.
Al parecer también puedo tener una propuesta de su parte.
No sé bien, estoy en un dilema, en Monterrey me ofrecieron la publicación de mi libro y costear la terminación del libro, pero en verdad quiero saber lo que puedo tener en Valles.
Tal vez, aunque económicamente la conveniencia me haga inclinación hacia la editorial regiomontana, yo quiera decidirme por algo que se pueda dar en Valles. Mi historia comenzó allá y creo que me encantaría que se publicara ahí.
No sé qué hacer por el momento, una amiga me comentó que debería de evaluar las ofertas que se me presenten pero no dejar que se pasen.
Estoy muy nerviosa y demasiado expectante ante todo.
Hace medio año, cuando mi computadora se arruinó y se borraron mis libros, pensé que se había acabado mi vida, verdaderamente eso pensé, pero ahora sé que si alguien está interesado en incentivarme para que termine mis historias es porque vale la pena comenzar las cosas de nuevo.
Estoy en pleno proceso editorial personal de mi historia, por lo que espero comprendan el retraso de escritura en el blog.
Por el momento es todo, no olviden que siempre se puede llegar más lejos, siempre cosas maravillosas pueden suceder.
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miércoles, diciembre 10, 2008
La Ropa
Estaba a punto de salir de mi casa cuando pasé por uno de los cuartos. El más frío, el más solo, el más desierto. Está repleto de espejos y no pude evitar darle gusto a mi vanidad y dar un par de vueltas frente al espejo evaluando mi apariencia.
Pero, tan pronto como di la tercera vuelta comprendí que lo que estaba haciendo es una soberana idiotez.
Decidí simplemente ser yo y salir a la calle como yo soy.
Accidentada y con un despiste total.
Me quité la falda de satín blanca que traía puesta y la blusa roja de botones y los arrojé lejos donde toda la hipocresía que cargaban no me podía tocar.
Las zapatillas verdaderamente no supe dónde quedaron, mi alaciado se borró con un simple rocío y una liga color verde limón sujetó esos bucles que mi abuela me heredó.
Abrí de par en par el guardarropa y saqué de él la ropa de la verdadera persona que soy.
Ésos espejos me demostraron que de vez en cuándo toda esa basura de la gente “normal” me inunda y me corroe.
Me quité ese rubor del tono No.2 que mi madre insistió en que usara y el rímel exagerado que me había puesto hacía ya casi dos horas, desde que me empecé a “arreglar”.
Pero, ¿Qué es lo que yo iba a arreglar?, si tal como me veía, soy.
Arreglar mi vida es un poco difícil, arreglar mi cabeza lo es aún más, entonces, ¿Mi aspecto es el que tengo que arreglar?
¿Me tengo que conformar con parecer otra para sentir que lo soy?
Verdaderamente eso me pareció lo más hipócrita que he hecho.
Finalmente vacié las cosas que llevaba en la bolsa que había comprado en la boutique más cara de la ciudad y las metí en mi morral.
Sonreí porque ésa simple acción me recordó que lo que cuenta es el interior.
Mi cartera, un brillo humectante, mi celular, un par de pastillas de menta y una pequeña bolsa de terciopelo en la que cargo fotografías de mis amigos, mi familia y de mis mascotas. Todo lo que necesito para sobrevivir está por dentro, no en ninguna otra parte.
Una mirada en los espejos desgraciados que me hicieron llegar tarde, me indican que estoy lista.
Un short café arriba de la rodilla de algodón, una blusa de rayón y poliéster con un estampado de flores moradas y unas balerinas color ostión son mi out fit.
No hay necesidad de aparentar nada, simplemente así soy, la chica que se viste como le venga en gana, la extraña que camina entre la gente con prendas de verano aunque estemos en pleno invierno.
Me colgué el morral azul y salí de la casa con una última mirada a esa mujer en proceso que soy.
Y no me molesté en ruborizarme cuando “alguien”, me dijo:
-Me gusta cómo te ves, y cómo eres-
Simplemente asentí y sonreí, continué caminando.
Y cuando me tomó de la mano y me susurró:
-Me encanta que seas especial, eso es lo que me gusta de ti, lo que me tiene aquí babeando-
Yo simplemente agradecí que ése cuarto frio, el más sólo y más desierto me invitara a pasear entre sus espejos.
Pero, tan pronto como di la tercera vuelta comprendí que lo que estaba haciendo es una soberana idiotez.
Decidí simplemente ser yo y salir a la calle como yo soy.
Accidentada y con un despiste total.
Me quité la falda de satín blanca que traía puesta y la blusa roja de botones y los arrojé lejos donde toda la hipocresía que cargaban no me podía tocar.
Las zapatillas verdaderamente no supe dónde quedaron, mi alaciado se borró con un simple rocío y una liga color verde limón sujetó esos bucles que mi abuela me heredó.
Abrí de par en par el guardarropa y saqué de él la ropa de la verdadera persona que soy.
Ésos espejos me demostraron que de vez en cuándo toda esa basura de la gente “normal” me inunda y me corroe.
Me quité ese rubor del tono No.2 que mi madre insistió en que usara y el rímel exagerado que me había puesto hacía ya casi dos horas, desde que me empecé a “arreglar”.
Pero, ¿Qué es lo que yo iba a arreglar?, si tal como me veía, soy.
Arreglar mi vida es un poco difícil, arreglar mi cabeza lo es aún más, entonces, ¿Mi aspecto es el que tengo que arreglar?
¿Me tengo que conformar con parecer otra para sentir que lo soy?
Verdaderamente eso me pareció lo más hipócrita que he hecho.
Finalmente vacié las cosas que llevaba en la bolsa que había comprado en la boutique más cara de la ciudad y las metí en mi morral.
Sonreí porque ésa simple acción me recordó que lo que cuenta es el interior.
Mi cartera, un brillo humectante, mi celular, un par de pastillas de menta y una pequeña bolsa de terciopelo en la que cargo fotografías de mis amigos, mi familia y de mis mascotas. Todo lo que necesito para sobrevivir está por dentro, no en ninguna otra parte.
Una mirada en los espejos desgraciados que me hicieron llegar tarde, me indican que estoy lista.
Un short café arriba de la rodilla de algodón, una blusa de rayón y poliéster con un estampado de flores moradas y unas balerinas color ostión son mi out fit.
No hay necesidad de aparentar nada, simplemente así soy, la chica que se viste como le venga en gana, la extraña que camina entre la gente con prendas de verano aunque estemos en pleno invierno.
Me colgué el morral azul y salí de la casa con una última mirada a esa mujer en proceso que soy.
Y no me molesté en ruborizarme cuando “alguien”, me dijo:
-Me gusta cómo te ves, y cómo eres-
Simplemente asentí y sonreí, continué caminando.
Y cuando me tomó de la mano y me susurró:
-Me encanta que seas especial, eso es lo que me gusta de ti, lo que me tiene aquí babeando-
Yo simplemente agradecí que ése cuarto frio, el más sólo y más desierto me invitara a pasear entre sus espejos.
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