jueves, enero 01, 2009

Frìo Desolador

Destilado por: Patodizath en 8:56:00 p. m. 0 brindis

Tengo a mi lado derecho una café cargado, sin un solo grano de azúcar, lo suficientemente gigante como para no dejarme dormir en una semana.


Tengo frente a mí, un espejo que me muestra las ojeras enormes que ha dejado el paso de la universidad sobre mí y todo lo que aún le falta.


Tengo a mi lado izquierdo una cama que reclama por ser ocupada, porque hace más de dos meses que sólo la uso para pasar la noche y no he abrigado ningún sueño en ella todo éste tiempo.


Tengo tras de mí un gran guardarropa que me dice que el invierno ha llegado y que reclama que eche fuera de él, las bermudas y camisetas sin manga con las que está repleto.


A mi alrededor hay muchas cosas que ocupan mi atención.


Como los pichones que mi abuela alimenta y que me miran por la ventana, extrañados de que solamente muevo las manos encima de ésta máquina y hacia mi tarro de café, en un letargo inacabable.


También están mis almohadas impecables que no uso siquiera un poco y que purgan para que me recueste sobre ellas y deje volar mi mente.


Más allá de la puerta está la ropa que lavé hace una semana y que no he quitado del tendedero, y que espera impaciente la llegada de la hora de reunirse con mi cuerpo desnudo.


Apenas alcanzo a ver detrás de un diván mis mochilas llenas de sueños y recuerdos, algunos enredados entre listones y calcetines, pero al fin sueños.


Levanto la vista y puedo ver a lo lejos, después de algunas calles y avenidas, una palmera que oscila peligrosamente y que me indica que el viento está tomando fuerza.


Tengo en mis pies unos calcetines que mi hermana me regaló hace un par de meses y que hace apenas unos minutos encontré.


Veo a mi costado mi teléfono celular, al que le colgué todo lo que podía.

Dos muñecos de peluche, un llavero, un dije de luna, un par de listones y una llantita de carro pequeña, que un amigo se encontró tirada y que me regaló porque le dije que yo le colgaba lo que podía a mi celular.


En las cortinas del cuarto en el que estoy, hay colgada una lista de tareas que están tachadas, un distintivo de una graduación y un calendario, que pende de una pinza para la ropa.


El mueble en el que estoy sentada tiene ya varias décadas en ésta casa, próximamente cumplirá tres.


Las luces de colores del vecino me avisan que ha llegado diciembre y que la noche ha arribado.


Y tirito un par de veces antes de dar un trago a mi café cargado, sin un grano de azúcar y seguir sentada en el mueble viejo, sola.


Y sin embargo, con todo éste frío que me hace escribir incoherencias y tantas cosas que observar, sigo sola.

Porque ya no tengo musa inspiradora que me invite a perderme entre mi mente.

Porque por más que observo, por más que miro y miro, no puedo ver entre mis almohadas, entre la ropa fuera de temporada, entre las cortinas y los peluches de mi teléfono, alguien que esté aquí, tan sólo que esté.


Por lo menos quitándome el frío.
 

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