
Doña Catalina vivía en ésa casa desde que tenía memoria.
Los niños pequeños solían temerle cuando salía de vez en cuando.
Tenía la piel blanca, transparente. Sus venas podían verse fácilmente a través de ella.
Sus ojos eran color verde, unas motas de miel los inundaban, pero desde que las cataratas la atacaban una nube blanquecina los estaba invadiendo.
Catalina solía salir a caminar todas las mañanas, antes de que todos los de la calle despertaran.
Para las seis de la mañana ella estaba de regreso en su casa después de recorrer el perímetro del parque de aquel barrio unas cuatro veces.
Su lema era aquel viejo dicho de “Al que madruga, Dios lo ayuda”.
Siempre antes que salir a caminar, antes que tomar algo, antes que todo, cepillaba el cabello de su pequeño perro maltés albino, Dandi.
Era un perro anciano que comía solamente papilla debido a que sus dientes se habían quebrado años atrás.
Dandi estaba en el límite, llevaba ya nueve años acompañando a Catalina y su andar cada día era más lento.
Aún así, seguía ladrando a todo extraño que se acercara a la casa.
El can recorría la enorme casa de Catalina todos los días, después de que su cabello era desenredado.
Paseaba de un cuarto a otro.
Siempre que Catalina lo dejaba solo para ir a caminar, Dandi entraba en uno de esos cuartos llenos de cachivaches.
El cuarto era amplio, lleno de fotografías a blanco y negro, una alfombra color guinda cubría el suelo. Podía verse una ventana desde el techo hasta el piso que hacía de pared cubierta con una cortina roída color hueso.
Había en medio una mesa redonda de cedro en el que se encontraban desperdigados papeles amarillentos, sobres sin abrir, algunas plumas sin tinta y un montón de fotografías cubierto todo por una capa espesa de polvo. Al fondo de la habitación se podía ver un gran objeto cubierto por una sábana percudida, fácilmente se podía identificar el objeto como un piano, negro, viejo, descarapelado, triste.
A un lado de aquel frío e insonoro piano había un gran baúl con un candado descomunal que no dejaba a nadie entrar a su interior y fisgonear su contenido.
Dandi entraba a ése cuarto casi a diario invitado por el olor dulzón que emanaba el baúl.
Pero cada que eso ocurría también salía temeroso por la reacción que su dueña tenía si lo encontraba dentro de aquel cuarto.
Como todos los días, esa mañana Catalina había llegado ya de caminar y se encontraba en la amplia cocina tomando un café cargado sin una sola pizca de azúcar.
Hacía ya mucho tiempo que Catalina rebasaba el medio siglo de vida, pero su memoria seguía intacta, y eso era lo que atormentaba a la anciana mujer todo el tiempo.
Solía pasar largos ratos sentada en el sillón mullido de su sala, pensando y recordando tristes notas de su vida.
Rebobinaba sus recuerdos hasta épocas que nadie conocía de ella, épocas que la hacían sonrojarse, épocas que hacían que sus ojos verduzcos se inundaran de lágrimas.
Éste vez no fue diferente.
Caminó con ese andar lento que la hacía ver correr la vida demasiado rápido. Se sentó en el sillón color ocre y comenzó a pensar en su vida, lo que había hecho de ella, de lo que se enorgullecía y de lo que se avergonzaba.
Recordó y su mente se llenó de imágenes oscuras, de manos lujuriosas, de copas medio llenas, de olores rancios y de tabaco.
Rememoró su juventud...
_________________________________________________________
Continuará...

1 brindis:
wii esperare la siguiendte parte :)
Publicar un comentario