
Caty, le apodaban, era la más joven, la más bella, la que más futuro tenía en ése pecaminoso empleo.
Tenía un bar en el que se reunían noche a noche todas sus damiselas, llamado “El Ruiseñor”.
Martha, Vanessa, Joanna, Elvia y por supuesto Caty, conformaban las más caras delicias ofrecidas por aquel hombre de aspecto malviviente y sucio.
Noche a noche, se llevaba a cabo una subasta en la que el que ofrecía más podía llevarse a una de ésas mujeres y desahogarse en ellas.
Siempre, desde que había llegado a aquel bajo mundo como una trabajadora, había sido la última en pasar a ser subastada.
Era la más cotizada de todas sus compañeras de oficio, era la que más dinero le daba a Damián y era la que más privilegios tenía en aquel viejo bar.
Noche a noche, cuando el reloj apuntaba las diez, las damiselas de Damián hacían acto de presencia e inundaban de un olor dulzón todo el establecimiento.
Lo hombres, abrumados por el deseo de tener esos cuerpos aplaudían y vitoreaban fuertemente hasta que la subasta comenzaba.
Elvia era la más grande de todas, aunque su edad apenas rebasara las dos décadas. Tenía en ése negocio casi siete años y estaba en el borde de su apogeo.
Las mujeres que ya no eran tan cotizadas como ellas pasaban a ser el repertorio de segunda de aquel prostíbulo. Esas mujeres ocupaban las mesas esperando que los hombres que no tenían dinero suficiente para comprar a las estelares del bar se conformaran con ellas.
Elvia estaba a punto de pasar a ser una más de aquellas.
Pero aún así, le daba a Damián el suficiente dinero como para no quitarla de aquella subasta.
Elvia siempre era comprada por hombres jóvenes. Rastreadores de experiencia.
Después de ella seguía Martha, que había entrado en ese negocio tres años atrás pero que había sido un simple chispazo, pues había pasado de ser la última a ser la segunda en un año, en aquel aberrado orden.
Cuando Martha era comprada por un hombre seguía el turno de Joanna, la que según sus compradores era una ternura hecha mujer, por lo que tenía el tercer lugar, estaba en medio con un par de años más asegurados.
Vanessa era el penúltimo premio de aquella noche. Aunque siempre era comprada por un solo hombre.
Todas sus compañeras sabían que ése hombre compraba a Vanessa desde casi dos años atrás por una buena suma, noche a noche.
Varias veces había hablado ya con el padrote para que se la vendiera permanentemente y sacarla de aquel arrabal.
Damián había hecho un trato con aquel hombre, lo dejaría subastar a Vanessa un año más y luego se iría con él sin pagarle un solo peso. Aunque bien sabía que él sería el comprador de todas las noches. No le importaba quedarse en la ruina con tal de sacar a Vanessa de aquel lugar.
Al final de la noche, la última, pero no menos importante, en ser subastada era Caty.
Sonreía complacida de que todos los que estaban en el bar la miraran con deseo.
Caty era cotizada en mucho dinero noche a noche. La mayoría de los que ofrecían eran políticos y acaudalados comerciantes.
Damián se embolsaba lo suficiente como para sobornar al que se opusiera a tales negocios.
Caty le daba a su padrote lo que dos estelares no juntaban y por eso era la consentida a pesar de tener sólo un año trabajando ahí.
Su madre había sido una prostituta que había muerto tres años atrás, su padre, no supo nunca quien fue y no se interesó por saberlo.
Esa noche, Caty hizo ganar a Damián el doble de lo que las otras cuatro estelares juntaron. Complacida tomó la mano del hombre que hablaba con su padrote.
Portaba un traje gris impecable, una camisa blanca y una corbata negra que le daba un aspecto respetable a pesar de estar comprando un cuerpo para saciarse.
Caty sabía bien lo que le esperaba.
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Continuara.....

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