
La muchacha caminó de regreso al burdel cuando el hombre había quedado satisfecho.
Al pasar frente a una iglesia pudo ver en el reloj que la manecilla apuntaba las cinco de la mañana, un poco temprano, así que no dudó en caminar calmada y lentamente.
Las puertas de aquella iglesia estaban abiertas, por lo que aún con todos aquellos pecados encima decidió entrar.
Las luces de la iglesia estaban encendidas, pero el altar permanecía en la penumbra. Un anciano, que debía ser el padre, estaba en las bancas del frente moviendo algunos papeles entre sus manos.
Había más personas en el recinto que la observaron acusadoramente al momento de entrar.
Llevaba puesto un vestido color negro que apenas y alcanzaba a cubrir las piernas que a vista de todos eran bien cotizables.
Las mujeres que acompañaban al anciano arreglando algunas flores la miraron de forma reprobatoria moviendo la cabeza de un lado a otro.
Los demás hombres se giraron para que no quedara en su campo de visión.
Al parecer el sacerdote los había reprendido por su hosca actitud y se encaminó hacia la muchacha.
-Hija mía- le dijo quedamente- Ésta es la casa de Dios, cuando quieras podrás venir para redimirte de tus pecados-
Caty, en lugar de sentirse reconfortada se sintió humillada, sucia y avergonzada.
Sin decir ni una palabra a aquel hombre se dio la vuelta y con toda la dignidad que tenía caminó hacia la puerta, aunque todos los presentes sabían que de la dignidad de aquella chica no quedaba ni siquiera el rastro.
Temerosa de que en cualquier momento la iglesia se le callera encima apresuró el paso y llegó hasta la reja de la iglesia.
Se detuvo en la esquina a tomar un poco de aire y se apoyó en la pared, fría y húmeda.
Justo cuando estaba a punto de retomar su camino escuchó pasos en la banqueta y se incorporó para darle frente al que se acercara.
-¿Estás bien?- le preguntó el muchacho aquel de ojos negros que se había detenido frente a ella.
Llevaba puesto un pantalón de mezclilla y una camisa blanca, no debía tener más de veinte cinco años. Llevaba en sus manos unas bolsas de papel y unas flores blancas.
-Oye, ¿Estás bien?- volvió a preguntar impaciente.
-Sí- respondió secamente y se dio la vuelta para caminar de nuevo, pero la altura de su tacón y un agujero en el suelo la hicieron trastabillar.
-¿Segura que estás bien?- escuchó al joven volver a cuestionar.
-Claro, me lo dicen todas las noches- escupió con rabia, sin saber porqué se desquitaba con el muchacho. Se dio la vuelta y se fue.
Su camino se hizo pesado y llegó a su casa sin mucho ánimo. Estaba amaneciendo y nadie debía verla llegar.
A pesar de que estaba enterada que todos sabían su oficio, aún era incapaz de salir a la calle sin sentir un poco de vergüenza.
La casa en la que vivía era amplia, su madre la había construido por medio de vender su cuerpo, de igual manera que ella.
Tenía un año trabajando con Damián, era la estelar de las estelares. Su plato principal, su plato fuerte.
No había acabado la secundaria, pero tenía suficiente dinero para darse ciertos lujos que nadie más podía.
Los gastos médicos de su madre la obligaron a trabajar en un restaurant desde los doce años, pero lo que pagaban en aquel lugar no le alcanzaba para cubrir todas sus deudas. Trabajó ahí por un par de años.
Cuidaba a su madre por las mañanas, trabajaba durante la tarde. La paga no era muy buena, nunca lo fue. Incluso dos años después de que su madre muriera seguía pagándole al hospital una cuota mensual.
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Continuara...

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