
Los ojos negros de Rubén turbados por el deseo, sus manos, su cuerpo, sus labios, por fin recordaba.
Se incorporó en la cama y buscó a Rubén en el cuarto, se quedó inmóvil un momento esperando escuchar algún ruido que le indicara que el muchacho seguía en su casa.
No sabía muy bien por qué, pero sentía una felicidad extraña que la hacía sentirse ligera.
Tarareó una canción a pesar de que eso aumentaba su dolor de cabeza y se dio un baño de burbujas esperando que la noche cayera.
Cuando eran las ocho salió de su casa y caminó contoneándose por las calles hasta el bar en el que trabajaba.
Se comenzó a arreglar y cuando las nueve y media se dieron salió a esperar a Rubén, tenía muchas ganas de platicar con él, de verlo y de comprobar que aquello no había sido un sueño.
Pero no había nadie vestido con un pantalón de mezclilla y camisa blanca esperándola en la barra. No había nadie. Y no volvió a haber nadie el resto de las noches que Caty trabajó en “El Ruiseñor”.
Una semana después de que Rubén dejara de ir llegó un mensajero hasta el prostíbulo y entregó un paquete para la más cara de las estelares de Damián.
Caty se sorprendió de aquello, no tenía familia, no tenía amigos que pudieran enviar aquello y se sorprendió aún más al ver el remitente de aquel paquete: Rubén.
El misterioso paquete era una caja de zapatos color marrón que estaba amarrada con un hilo blanco.
Dentro de la caja había varias cosas.
Una fotografía en blanco y negro en la que aparecían de fondo una plaza desolada y un amanecer inconcluso, con Rubén y Caty de protagonistas.
Un reloj de bolsillo con un crucifijo grabado en la solapa.
Un libro grande, de tapas de piel.
Una prenda negra que a Caty le pareció una capa.
Una cadena de plata de la que pendía un crucifijo enorme y una carta.
La carta decía algo como lo siguiente:
Catalina:
Antes que nada quiero agradecerte el amor que me brindaste hace algunas noches. El que me brindabas siempre a pesar del nulo contacto entre tú y yo. Me hiciste sentir el hombre más afortunado. También quiero pedirte una disculpa por no haberme despedido de ti en persona, pero era algo demasiado difícil.
La razón de mi ausencia es muy complicada de confesar.
Catalina, vivo junto a la sacristía de la iglesia, me alimento en la cocina de la misma y regularmente uso la sotana que está en la caja en la que envío la carta, Catalina, soy seminarista.
Hace cuatro meses, cuando te encontré en la esquina de la iglesia, le comenté al sacerdote nuestro encuentro. Y me encomendó una tarea que yo creí, iba a poder cumplir.
Me dijo que te convenciera de salirte de ése mundo en el que te desenvuelves, en el que vives, en el que te vendes.
Pero sin pensarlo me fui perdiendo en ti.
Catalina, esto es muy difícil para mí. Por lo mismo he decidido alejarme, jamás pensé que mi encuentro con Dios sería tan pronto, pero creo que es lo mejor.
Yo no puedo cargar en mis hombros el pecado de hacerte mía, aunque sea un dulce pecado innegable.
Catalina, lo que está en la caja es lo único que a mí me interesa, es lo único que tengo y es lo único lo que soy.
Espero que entiendas mi retirada de ésta vida y espero que sigas la tuya, porque yo prefiero terminar con la mía.
Para cuando leas ésta carta seguramente estaré ya en el panteón, espero tu visita.
Muchas gracias Catalina, por enseñarme a amar.
Hasta la muerte tuyo, Rubén.
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Continuara...

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