
La necesidad la había orillado a adentrarse aquella noche en un bar de aspecto tétrico, sucio.
Damián la había ofrecido como la suculenta virgen que era a todos los que llenaban el local. Los años cuarenta corrían con esplendor por las calles y ella acababa de vender lo único que tenía.
Unas manos pecaminosas la recorrieron como nunca lo había hecho nadie, con total simpleza le arrebataron lo más preciado que le quedaba. Unos sucios labios rozaron su piel sin detenerse ante su dolor.
Y así como había empezado acabó. El hombre puso encima del buró una caja roja de terciopelo y la dejó tiritando en aquel viejo hotel.
Un rato después había aparecido Elvia, una de las estelares de Damián y la había ayudado a vestirse.
El mismo hombre que acababa de salir llevándose su pureza, había hecho lo mismo siete años atrás con ella y con la mayoría de sus compañeras de burdel.
Acababa de comenzar una etapa en su vida que no sabía si quería vivir. Su madre había sido una prostituta, pero ella jamás había pensado en seguir sus pasos.
Había pasado ya medio año desde eso, acababa de cumplir diecisiete años y era la que mejor complacía el bolsillo de Damián.
Esa madrugada terminaba igual que las anteriores, cansada con un montón de billetes en su bolso y muchas ganas de una ducha a consciencia. Aunque aquel disgusto de la iglesia la incomodara al dormir.
Pasaron los días como siempre, acaudalando al padrote, llenando su baúl de dinero y perfumando su cuerpo para los hombres que ofrecieran más.
Una semana transcurrió después del incidente de la iglesia cuando aquella noche, todo comenzó a cambiar.
Elvia llegó casi corriendo con sus zapatillas en la mano y una bolsa de maquillaje en la otra.
-Dice Damián que bajemos, hay algunos funcionarios que quieren vernos, pero debemos caminar entre las demás- murmuró mientras recuperaba el aliento.
Caty sin violentarse un poco caminó resuelta entre las demás y bajó de a poco las escaleras de madera que las separaban del resto del burdel.
Un mar de aplausos las recibió y caminaron, como Damián les había encomendado, entre las demás.
Debía faltar una hora para que la subasta empezara, así que se encaminó hasta la barra en la que sólo había un hombre sentado.
No bebía, dulce ironía de la vida, por lo tanto pidió un vaso de agua.
El piano sonaba tristemente al fondo del salón, no conocía bien al hombre que tocaba pero sabía que trabajaba con Damián desde sus comienzos.
Sus zapatillas resonaron mientras atravesaba el lugar con un montón de miradas siguiéndola lujuriosamente.
El pianista no dejó de tocar al sentir la presencia de la chica.
Se sentó en el banquillo y observó al hombre mientras tocaba una pieza triste y melancólica.
Escuchó la puerta abrirse, pero no se giró para ver, se dejó hipnotizar por la música y meneó su cabellera al compás de las teclas.
-Preciosa, debes ir a trabajar- le dijo Damián a su espalda.
Y sin más que una simple mirada se despidió del hombre que tocaba el piano.
La pasarela se engalanó con la presencia de las cinco estelares de Damián y comenzaron a venderse.
Cuando llegó el turno de Caty dio un vistazo a la gente que estaba esa noche en el bar.
Caty lo reconoció de inmediato. Era el joven que había encontrado en la esquina de la iglesia una semana atrás.
Sus piernas temblaron un poco mientras andaba por la pasarela pero no dejó que ni un atisbo de nerviosismo se reflejara en su cara.
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Continuara...

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