Las paredes de los camarotes de aquel fantástico e inimaginable barco estaban húmedas, demasiado.
Al caminar por los pasillos se podía sentir la brisa del mar en la piel. El sarro era palpable en cada ventanilla circular, en cada silla de madera, en cada red escondida.
Los jóvenes que caminaban por los pasillos ni siquiera notaban el nauseabundo olor a pescado que emanaban los escalones que bajaban estrepitosamente para ir a nadar.
El barco tenía seis pisos, algo extraño para un barco rústico de madera.
Había escaleras tan anchas como una camioneta. El barco tenía una forma irregular para ser barco, pero aún con todo esto, no tenía dificultad para navegar.
Cuando caminabas hacia afuera del barco no tenías oportunidad de detenerte a mirar o subías a los camarotes o bajabas a nadar. No había algún escalón en el que pararse además de los de las escaleras, al pararse sólo un poco en el último delgado y carcomido escalón podías ver una serie de astas caídas.
Había una “red” hecha con madera en la que algunos jóvenes se sentaban mientras metían los pies en el agua azul, brillante e incitante.
Corina salto de inmediato al agua y comenzó a nadar hacia su mejor amigo, Marcos, que la esperaba sentado en uno de los palos que estaban formando aquella red que estaba sostenida sólo por unas cuerdas de aquel barco cuadrado que no tenía esos picos que caracterizaban a los barcos.
-¡Vamos a nadar Corina!- dijo el muchacho moreno que con aquellos hoyuelos la esperaba impaciente.
-¡Espérame!- dijo la muchacha que apenas y podía nadar, el cansancio estaba a punto de vencerla cuando llegó hasta el trozo de madera y se agarró fuertemente mientras miraba reprochando la poca ayuda de su mejor amigo.
-¡Quiero ir a nadar!- volvió a apremiar.
-¡Pues ve, yo me voy por los postes!-
-¿En serio?- preguntó pidiendo permiso con la mirada.
-Anda ve, porque yo me voy a tardar mucho y yo ni quiero nadar, córrele porque ya está anocheciendo-
El muchacho sonrió y saltó al agua e inmediatamente comenzó a nadar.
Corina lo observó mientras se sentada dificultosamente el aquel poste, Marcos era su mejor amigo desde que lo había conocido, pero en ese momento estaba mirándolo y lo último que veía en él era un amigo.
Un rato después de nadar Marcos decidió ir a cenar.
Corina había salido del agua desde hacía ya mucho rato, la había vigilado muy bien porque sabía que la natación no era el fuerte de su mejor amiga.
Comenzó a nadar de regreso a los postes pensando qué cenarían, la cocina del barco era muy pequeña y seguramente tendría que hacer fila para prepararse algún sándwich.
Entró al piso en el que estaban los camarotes que compartía con el resto de los hombres, no conocía muy bien a todos, pero sabía que todos y cada uno de ellos eran amigos entrañables de Corina, habían ido a festejar algo, pero no sabía muy bien qué.
Se dio una ducha con agua sin sal que no sabía de dónde salía y se cambió.
Unos pantalones de mezclilla y una playera color guinda componían su vestimenta. Comenzó a buscar a Corina por todas partes hasta el punto de desesperarse al no encontrarla.
Corina apenas y había estado unos quince minutos en el agua, estaba segura de que si intentaba llegar hasta donde estaba Marcos se ahogaría por lo que mejor decidió ir a la cocina y preparar la cena para todos. No sabía muy bien por qué los había invitado ni lo que festejaban pero el punto era que todos los presentes en el barco eran sus mejores amigos de siempre, desde Carolina en el kínder hasta Marcos en el tecnológico.
Cuando se cambió optó por ponerse aquel vestido blanco que nunca se había puesto, no sabía muy bien la razón, simplemente le había nacido ponérselo.
Preparó espagueti y albóndigas de carne. El brócoli estaba a punto de cocerse junto con la coliflor así que se sentó a esperar mientras veía por la ventana el mar azul que rodeaba aquel barco. No se veía ni un atisbo de tierra, ni una isla, ningún puerto, estaban en medio de la nada. Las provisiones que tenían bastaban para un año en el barco tomando en cuenta la multitud que se alojaba en el interior de la nave.
En el primer piso estaba el cuarto de máquinas, en el segundo estaba la bodega en la cual se guardaba toda la comida y en la que había un gran refrigerador. En el tercer piso estaba una gran máquina que procesaba el agua para hacerla potable, ese piso estaba dividido en dos, en la mitad estaba tal máquina y en la otra mitad estaba una pequeña enfermería. En el cuarto piso había un gran comedor, la cocina y una sala de entretenimiento. En el quinto piso estaban los camarotes de los hombres. En el sexto piso estaba el cuarto de las mujeres en el que estaban los camarotes en los que dormían. En el techo de aquel barco cuadrado estaba el lugar al que todos podían salir a asolearse, a caminar, a hacer lo que quisieran si querían estar afuera sin tener que estar en el mar.
Corina continuó pensando en el enorme tamaño del barco aquél hasta que la voz de Marcos la sorprendió a sus espaldas.
-¡Te he estado buscando por todas partes!- gritó mientras se detenía en la puerta poniendo una mano en el marco de la puerta y otra en el pecho agitado. Su aliento se contuvo al mirar lo hermosa que se veía su amiga sentada en aquélla barra con aquél vestido y con aquellos rayos de sol iluminándola.
-He estado aquí desde hace mucho rato- le respondió extrañada de verlo tan preocupado.
-¡Deberías dejarme una nota diciendo dónde estás!- le reprochó.
-¿Por qué?-
-¡Pues simplemente porque yo estaba imaginando lo peor, pensé que te habías caído al agua o que te habías perdido en el barco o algo por el estilo!- volvió a gruñir.
-Ya me hallaste, cálmate- le pidió Corina mientras le ponía una mano en el hombro, inmediatamente sintió cómo se relajaba el muchacho.
-Vamos a avisar que la cena está lista, acompáñame- suplicó la chica.
-¿Tú la preparaste toda?- preguntó sorprendido.
-Si- dijo sonriente y comenzó a caminar seguida de Marcos.
Cuando todos estuvieron avisados acudieron a la cocina para que Marcos y Corina les sirvieran.
La cena transcurrió entre risas, bromas, cantos, carcajadas y gritos. La diversión era algo que caracterizaba a todos los amigos de Corina, era como un requisito.
Cuando todos terminaron comenzaron a pasar a la cocina para lavar el plato y el vaso utilizado. Corina estaba sorprendida por que sus amigos lo hicieran pero agradecía a dios que así fuera.
Todos estaban dispersándose entre el techo, la sala de entretenimiento y los camarotes.
Corina comenzó a caminar hacia su camarote, no sabía por qué estaba nerviosa pero comenzó a caminar de prisa.
Cuando vio a Marcos en el pasillo se acercó a él y sin saber bien lo que hacía lo besó. Algo la había poseído, algo estaba haciendo que actuara de tal forma. El brócoli debía estar en mal estado o la carne o algo, porque no sabía a ciencia cierta porqué estaba besando a su mejor amigo.
Lo único que sabía y que le causaba gran remordimiento era que los labios de Marcos sabían muy bien.
Se separó de él y con un rasgo de idiotez en la cara le sonrió y sin esperar respuesta corrió hacia las escaleras.
No esperó siquiera a ver la sonrisa que Marcos tenía, el brillo que había nacido en sus ojos y aquel imperceptible rubor que inundaba sus mejillas morenas.
Marcos comenzó a buscarla después de un rato, llevaba algo en las manos, algo para Corina.
Corina corría por las escaleras hasta que se topó con la máquina que potabilizaba el agua y esperó. El sentido había regresado a su cabeza unos segundos después de aquel incidente. No quería llamarlo beso porque si lo decía asumía que lo había hecho y comenzaba a recordar el sabor de los labios de aquel chico que era su mejor ¿amigo?
Regresó después de unos momentos de pensar hasta unos de los camarotes vacíos a un lado de los dormitorios, estaba lleno de sus amigos, específicamente los del tecnológico. Se sentó en un gran tubo blanco y respiró profundo.
Estaba comenzando a calmarse cuando por la puerta entró Marcos, sonriente y con un gran ramo de rosas en la mano, las rosas eran amarillas.
¿De dónde las habría sacado?, ¿Porqué no estaba furioso?, ¿Qué pretendía al acercarse?
Las sonrisas de sus compañeros comenzaron a aparecer y se tuvo que poner de pie para sacudir pensamientos soñadores de su cabeza.
-Ya se le pegó algo tuyo- le dijo en voz baja uno de sus amigos aludiendo el romanticismo que ella emanaba por los poros siempre, por una nube, por una flor, por todo.
Marcos se acercó a ella riendo del comentario de aquel compañero suyo y entregó las rosas a Corina.
Se miraron fijamente y ésta vez los dos estuvieron conscientes de lo que pasaba. Se acercaron con la lentitud de aquel que se acerca a la silla eléctrica y sin mediar palabras se fundieron en un beso.
Un beso que a los dos les sabía muy bien.
Las rosas quedaron olvidadas de pronto y los compañeros comenzaron a salir del camarote. Estaban solos frente a algo inesperado. Con unas rosas que no sabía de dónde las había sacado y con una expectación incontrolable.
Estaban enamorados.
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Éste es un sueño que tuve hace unos días espero que les guste porque la verdad no sabía muy bien cómo comenzar a escribir, yo, con el sueño y mi imaginación (a veces dislocada) le di forma a éste sueño de altamar.

1 brindis:
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