Hace dos meses mi madre llamó un poco seria a la casa de mis abuelos -donde vivo- y comenzó a platicar conmigo sobre el clima, el estado sentimental de mi hermana y sobre el bautizo de uno de los compañeros de mi padre. Eso sólo podía significar una cosa: mi madre estaba intentando decirme algo, pero no sabía cómo.
Así fue cuando me avisó sobre el nuevo (y horrendo) color de la casa, también con lo de la huída de casa de una prima y también cuando me avisó de mi cambio de universidad.
Entonces mi labio inferior tembló levemente antes de decirle:
-¿Me vas a decir algo relevante?-
Estuvo parloteando un par de minutos antes de suspirar profundamente y soltarme la cruel y triste noticia:
-Pato, Cuco se quedó ciego-
…
…
…
Entonces para eso era, para decirme que mi Cuco, aquél perro que a veces quiero más que a mi hermano, mi pequeña bola de pelos estaba ciego.
…
…
…
-¿¡¿¡Quéééé!?!?-
Supe que mi madre se había alejado el teléfono de la oreja por tremendo grito y también supe que no sabía darme una explicación coherente por el montón de verborrea que estaba arrojando hacia mi persona.
-Él se cayó… no lo encontrábamos… la vecina… el veterinario… tu hermano…-
Su listado de personas y cosas que para mí no tenían sentido quedaron relegadas a un segundo término cuando comencé a interrogarla
-¿Ya lo llevaste al veterinario? ¿Qué te dijo? ¿Le dio medicina? ¿Cuándo puedo ir? ¿Porqué no lo cuidaste?-
Hace tres años que me enclaustré en tremenda ciudad Tamaulipeca con muchas ganas de escapar y regresar, hace tres años que le rogué de rodillas a mi madre para que me dejara llevar a Cuco conmigo y hacían tres años que mi madre con un gran ceño fruncido había dicho: NO
Entonces confié en ella, lo cuidaría y se aseguraría de que nada malo le pasara mientras yo no estaba en casa, por lo que me calmé y me resigné a extrañarlo en Victoria.
Pero ahora, sabiendo que mi madre lo había dejado sólo en casa por tres días y que al regresar lo habían encontrado lastimado, en casa de la vecina y sin poder ver, me estaba defraudando.
-El alimento y el agua estaban en lo correcto, pero dejarlo solo no había sido lo mejor.
Por eso ahora, me sentía triste y colgué.
Mi Cuco tiene cinco años, no es un perro senil como para estar sufriendo de ceguera, entonces es muy difícil aceptar que mi perro no volverá a ser el mismo…
Sé que este post puede sonar exagerado y poco coherente para alguien de veinte años, pero Refugio de los Ángeles (su nombre completo) es el único perro que me permitieron tener, el único que me acompaña aunque no ande de humor, el único que me ponía atención en plena adolescencia y que me ha sido fiel.
Le tengo un cariño demasiado preciado y que, como dije antes, a veces es comparable o mayor con el que le tengo a mi hermano.
Mi perro está ciego, pero aún así es mi Cuco hermoso.
Sabores
amigos
personas
amor
historia independiente
relatos
escritos
hilarante
tristeza
amores
delirios
amistad
escuela
incoherencias
olvidar
rellenos
soledad
parejas
bombones
deseos
familia
Harry Potter
alcohol
canciones
compañeros
desamor
música
extrañar
hombres
pasado
sueños
acoso
aportaciones
conocer
enojo
ex
fics
películas
política
proyectos
ropa
salud
viajes
jueves, agosto 12, 2010
domingo, agosto 08, 2010
De viajes y posaderas planas...
Viajar es lindo, me encanta ver paisajes, conocer gente de regiones insospechadas y sentir los climas diferentes, las maneras de hablar distintas y todo eso que implica un viaje, fotos, videos y diversión.
Pero he de admitir que estos últimos días han estado demasiado lleno de horas y horas de viaje. Si me pongo a sumar diría que unas cincuenta horas sí las he pasado en carretera.
¿Porqué no recurrir a un lindo y rápido avión? Porque a mi padre le apasiona su camioneta van y si dice en camioneta, es en camioneta.
Ahora agarró esa manía de recorrer el país (o por lo menos la parte central de éste) en camioneta y nos llevó a todos con él.
Al decir todos me refiero a mi hermano, mi madre, mi abuela, mi abuelo, él y mi adorado Cuco, el perro.
Así que se imaginarán lo que son pasar cincuenta horas lidiando con el puberto de mi hermano, la post menopáusica de mi madre, la soñadora de mi abuela, el reticente de mi abuelo, el mecánico frustrado de mi padre y mi querido, adorado, entrañable y bastante hiperactivo de Cuco.
Ha sido toda una osadía pasar desde Tamaulipas hasta Zacatecas en una claustrofóbica camioneta. Luego llegar a San Luis Potosí y recorrerlo de cabo a rabo en un solo día.
He llegado a pensar que mi línea trasera se borraría y que mis posaderas perderían su fama de redondas…
Escribo esto después de pasar cinco horas en un autobús que me trajo hasta Victoria por un par de días. Estoy completamente segura de que sufriré problemas de riñón, cáncer de colon y alguno que otro trastorno psicológico relacionado con los espacios pequeños si mi padre se empeña en hacer esto cada que tengamos una semana libre. Entonces lo reportaré después de un par de años queridos lectores.
Creo que he visto mi futuro pasar mientras me embobaba en los 643 kilómetros que recorrimos éstas vacaciones y mi final será así, triste, doloroso y bastante torturador…
Eso sí, lo paseado, ¡¡nadie me lo quita!!
Pero he de admitir que estos últimos días han estado demasiado lleno de horas y horas de viaje. Si me pongo a sumar diría que unas cincuenta horas sí las he pasado en carretera.
¿Porqué no recurrir a un lindo y rápido avión? Porque a mi padre le apasiona su camioneta van y si dice en camioneta, es en camioneta.
Ahora agarró esa manía de recorrer el país (o por lo menos la parte central de éste) en camioneta y nos llevó a todos con él.
Al decir todos me refiero a mi hermano, mi madre, mi abuela, mi abuelo, él y mi adorado Cuco, el perro.
Así que se imaginarán lo que son pasar cincuenta horas lidiando con el puberto de mi hermano, la post menopáusica de mi madre, la soñadora de mi abuela, el reticente de mi abuelo, el mecánico frustrado de mi padre y mi querido, adorado, entrañable y bastante hiperactivo de Cuco.
Ha sido toda una osadía pasar desde Tamaulipas hasta Zacatecas en una claustrofóbica camioneta. Luego llegar a San Luis Potosí y recorrerlo de cabo a rabo en un solo día.
He llegado a pensar que mi línea trasera se borraría y que mis posaderas perderían su fama de redondas…
Escribo esto después de pasar cinco horas en un autobús que me trajo hasta Victoria por un par de días. Estoy completamente segura de que sufriré problemas de riñón, cáncer de colon y alguno que otro trastorno psicológico relacionado con los espacios pequeños si mi padre se empeña en hacer esto cada que tengamos una semana libre. Entonces lo reportaré después de un par de años queridos lectores.
Creo que he visto mi futuro pasar mientras me embobaba en los 643 kilómetros que recorrimos éstas vacaciones y mi final será así, triste, doloroso y bastante torturador…
Eso sí, lo paseado, ¡¡nadie me lo quita!!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
