Tres meses y medio. Ninguna novedad. Nada en especial
ocurría en sus vidas.
Bueno, casi nada.
En realidad, hacían ya dos meses que su noviazgo con
Zacarías se había hecho oficial. Un mes y medio había pasado desde el día en
que juntos se lo dijeron a Bruno. Y un mes apenas era el tiempo transcurrido
desde que había dejado de actuar como zombie y les dirigía la palabra a ambos.
Cosas irrelevantes.
Durante todas las vacaciones de invierno Zacarías y Emilia
habían quedado para salir más de cinco veces lo que la convenció para aceptar
que lo que tenía con Zacarías iba un poco más allá de una amistad.
Al regresar de vacaciones se hizo evidente la falta que le
hacía tenerla con él y frente a un licuado de plátano con mermelada como
testigo le pidió ser su novia.
En efecto, ninguna novedad.
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-Deberíamos ir a comer pizza- mencionó mientras caminaban
hacia la parada del transporte.
Zacarías era un buen muchacho, le daba su lugar, la trataba bien, la
respetaba y por sobre todas las cosas,
la amaba.
Emilia era muy olvidadiza pero era compensada por él. Un día
le preguntaron si Zacarías era zurdo o diestro, una plática trivial hasta el
momento en que se planteó la misma pregunta. Nunca había puesto atención en ese
ínfimo detalle. Respondió con un simple “no lo recuerdo” y siguió la plática.
Fue hasta que estaba en su casa, leyendo, despatarrada en su cama que pudo
recordar que las largas tardes que lo veía pintar en su cuarto, en el patio de
su casa, en el receso, en la jardinera de la escuela, en el transporte de
camino a su casa, siempre su mano izquierda era la compañera de autoría en sus
pinturas y dibujos. Zacarías era zurdo.
Emilia era despistada pero
lograba recordar buenas cosas y con el pensamiento de su traicionera
memoria aceptó la invitación a comer que su novio le estaba haciendo.
-Siempre y cuando sea hawaiana- aceptó sonriente. El beso
que prosiguió hubiera durado más si una leve tosecilla no los hubiera
interrumpido.
-Chicos- farfulló Bruno a modo de saludar.
Zac hizo un breve movimiento con la cabeza en respuesta.
-Hola- dijo Emilia.
Su sonrisa rompía con el escenario tenso de siempre.
Un silencio incómodo precedió a un silencio normal.
-¿Qué harán en la tarde?- cuestionó avanzando logrando que la pareja lo siguiera.
-Pues, Zac y yo iremos a comer pizza, ¿gustas ir?-
Bruno comenzó un debate interno, sus ojos estaban perdidos
en la lejanía. Así pasó un momento hasta que con una mueca que intentaba formar
una sonrisa respondió sombrío.
-Gracias, pero creo que será otro día-
Sabía que no era el momento para simplemente comenzar a ser
el amigo de la pareja. Aún carcomía verlos tomados de la mano. Aún sentía un
vacío en el estómago cuando platicaban en el receso y por descuido los
sorprendía mirándose el uno al otro como si el mundo no existiera. Todavía un
recelo lo roía al descubrirlos de camino al transporte besándose.
Emilia entendió sus pensamientos sin escucharlos, aún era su
mejor amiga y con un gran abrazo se despidió del que fuera su amor platónico.
Zacarías mencionó que jugaría futbol con sus compañeros de
salón y que Bruno estaba invitado.
El leve asentimiento confirmó que había recibido el mensaje.
Se dio la vuelta y se alejó de ellos.
Zacarías hacía el intento de que Bruno regresara a su vida
como el buen amigo que fue desde la escuela primaria; buscaba por todos los medios que la relación
que ahora tenía con Emilia no se viera afectada por la pesadez de su casi rota
amistad.
Bruno no salía con nadie. Rubí era cosa bastante olvidada,
sólo sabía que el mismo día que había mencionado a Emilia lo que sentía, había
terminado con ella. Después de que le habían confesado su noviazgo Emilia y él
no lo habían visto como normalmente era, pero al menos ahora les dirigía la
palabra.
¿Insistir? Realmente no creía que fuera prudente, por lo que
alcanzaba a ver en su mirada aún lo
molestaba su relación y prefería dejar las cosas por el lado sano.
Tomó fuertemente la mano de su novia, quien probablemente intentaba
ser amable con su amigo y lo miraba apenada mientras se alejaba de ellos.
Le dio un fuerte abrazo y la arrastró hasta la parada
intentando convencerla de que la pizza hawaiana podía ser fácilmente reemplazada
por una de peperoni.
Los días tendrían que
arreglar el barullo dejado por la intervención de Don Amor. Esa amistad no
podía simplemente terminarse, así que la preocupación se despejó y dio paso al
disfrute del día. Los tres sabían que en determinado momento se arreglarían las
cosas pero sería cuestión de darle la oportunidad al tiempo de jugar su rol de
médico.
Mientras tanto Emilia continuó cavilando entre sus
recuerdos. Divagando hasta ese día en que Zacarías le mostró la pintura en su
cuarto, esa en la que ella aparecía y que le susurró al oído de su conciencia
que lo amaba. Nunca olvidaría eso, nunca olvidaría que él la había tomado en
cuenta desde que la había conocido. No necesitó que alguien más la “descubriera”.
Supo que su elección había sido la mejor así que concedió la
pizza de peperoni tan sólo ese día y a cambio recibió el par de besos extra por
parte de su novio.
Emilia era agradable, recordaba cómo había conocido a Bruno,
su mejor amigo, recordaba cuándo se
había dado cuenta de que amaba a Zacarías, su novio, aunque en el resto
de las cosas su memoria la abandonara.
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