Siempre supo que algo en su cabeza estaba
mal, sabía desde pequeña que ver la sangre de sus rodillas brotar sin inmutarse
no era realmente algo normal.
A veces incluso fingía caerse para poder
ver qué tanto tardaba en salir la sangre, o cuánto tardaba en parar.
Pasó toda la primaria buscando ocasiones
para ver su sangre. La secundaria trajo
consigo el ciclo femenino tan esperado para ella. Era la única de sus amigas
que realmente se alegraba de que el día 28 llegara.
Después vinieron todas esas críticas y
pleitos con la talla y el espejo… y todo empeoró.
Quería que todo acabara y sus ansias eran
muchas.
Más de una ocasión terminó cortando un poco
de su piel, rasgándola hasta que había un rastro púrpura sobre ella.
Luego se combinó el desorden. El rasguño además de sangre le aclaraba por
lo que lloraba. Y escribió lo que la báscula decía, sobre su pierna izquierda
se alcanzan a ver todavía las listas de pesos. En su brazo derecho el nombre de
su princesa y en su estómago, ahí junto al ombligo en el idioma del norte la
condición que su retorcida mente le indicaba.
Las cosas con sus padres no podían ir peor,
las depresiones y peleas aumentaron, también sus cortes y se fue el novio en turno.
Un día después de la pelea habitual de la
merienda entró a su cuarto decidida a estrenar una nueva herida en su brazo
pero su madre quiso que la riña fuera más larga y minutos después irrumpió de
golpe en su cuarto. Gritó y mil veces la
maldijo por lo infantil que era y la manera en que quería parecer vulnerable. Lastimosamente
no era una actuación, los golpes que recibió esa noche dolieron menos que los
cortes que se hizo después.
Mamá nunca entendió que ella buscaba otra
cosa.
Papá no llegó a dormir y ella sabía que no
volvería. El almuerzo se fue al retrete
junto con la comida y la cena de los siguientes tres meses. También se fue el siguiente novio y jamás
volvió a haber otro.
Llegó el examen de rigor frente al espejo y
lo reprobó. Ese día su pierna derecha recibió el castigo.
Entonces entendió que no era bastante con
eso. Si retornar el alimento no era apto entonces habría que hacer algo más.
Mamá no estuvo presente y la comida
tampoco.
50 no fue suficiente.
Mamá pensó en su estrategia de atención y
la volvió a ignorar.
Pasó un mes y otro.
Vestidos talla 5 volaban sobre ella.
Pero el 3 no.
Un corte más para su brazo, la cicatriz
formaría una enorme corona.
46 no fue suficiente.
Tampoco 40.
Mucho menos 38.
Vestido 0, cumplido.
Mamá esta vez no pudo ignorarla. No podía cuando la caja era color blanca.
Cuando el vestido 0 quedaba holgado. Cuando 34 era un peso demasiado grande
para su culpa. Cuando los cortes mostraban su historia. Cuando su diario la
pintaba de antagonista. Cuando no podía negarlo.
La princesa estaba dormida pero no había
príncipe que la despertara.

